Carlos Blanco
El Colegio Cardenalicio (que, como se dice, constituye, junto con la Cámara de los Lores y el Jockey Club de Buenos Aires, el círculo más elitista del planeta: ¿le habría gustado a Jesús de Nazareth esta broma?), esconde sorpresas. Una de ellas era, sin duda, la del cardenal Joseph Ratzinger, hoy Papa Benedicto XVI. De la Baviera profunda, hoy se sientA en la Sede de Pedro, convirtiéndose en uno de los primeros teólogos “de raza” en ocupar tal cargo. Un sabio, sin duda, un intelectual de gran prestigio que mantuvo un sonado debate con el filósofo J. Habermas y que, más allá de las polémicas que haya podido suscitar por sus intervenciones cuando estaba al frente de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, representa, a mi juicio, a la sabiduría de la Vieja Europa que trata, casi agónica, de proponer soluciones nuevas para la crisis de la Iglesia y el avance de la secularización.
Pero este artículo no versa en torno al Papa. Me siento todavía incapaz de valorar una figura tan compleja y a la vez tan importante en muchos aspectos. Prefiero, de modo más aséptico, llamar la atención sobre un cardenal que, aunque con posibilidades reales (como ha llegado a reconocer Mons. Fellay, el cismático líder de los fósiles lefebrianos, que ayer se reunió con Benedicto XVI para intentar su reintegración en la Iglesia -¿a qué precio? ¿Al precio de sacrificar los altos ideales del Vaticano II en temas como la reforma litúrgica o el ecumenismo? ¿No sería más importante reintegrar a otras facciones más honrosas, serias e inteligentes como los veterocatólicos de Utrecht o los sectores progresistas alejados del Magisterio papal? Sin duda, también aquí Benedicto XVI buscará diálogo, o al menos así lo espero), no salió elegido: el cardenal C.M. Martini, de la Compañía de Jesús.
C.M. Martini (1927-...) es un sabio. Típico sabio jesuita, de esos que, al estilo de Teilhard de Chardin, de Henri de Lubac o de Athanasius Kircher, maravillaban al mundo con sus conocimientos y con su apertura universal a ciencias y culturas. Antiguo arzobispo de Milán, hoy retirado y centrado en sus estudios bíblicos, fue rector del Pontificio Instituto Bíblico y uno de los cinco editores (junto al prestigioso K. Aland, de Münster) de la edición griega del Nuevo Testamento. Autoridad indiscutible en teología bíblica y en exégesis neotestamentaria, es uno de lo intelectuales católicos más importantes del siglo XX. No en vano se le concedió el premio Príncipe de Asturias en 2000, y es miembro de diversas academias. Probablemente nadie en el colegio cardenalicio, excepto el hoy Benedicto XVI, estaba intelectual y teológicamente tan preparado como este jesuita italiano. Y, desde luego, nadie como él en el susodicho colegio en lo que respecta a exégesis bíblica contemporánea. C.M. Martini ha escrito mucho, pero a mí me impresionó su libro ¿En qué creen los que no creen?, junto con U. Eco, uno de los principales pensadores de nuestro tiempo (del “Consejo de Sabios” de la ONU, catedrático en Bolonia y autor de El nombre de la rosa. Fue católico, de hecho su tesis giró sobre la semiótica de Tomás de Aquino, pero luego, por avatares de la vida nada infrecuentes, se hizo agnóstico). En él se tratan cuestiones tan diversas como el sacerdocio femenino o, más relevante, la discusión entre éticas religiosas o éticas laicas. Y aquí, su Eminencia despliega todo su talento filosófico y teológico, citando, entre otros, a Hans Küng, al decir que sin lo incondicionado, ¿no pierde acaso el hombre su dignidad? He de decir que, en este aspecto, y a pesar de considerarme profundamente católico, no comparto la línea argumental del cardenal. La Ética no necesita de un Ser Supremo para justificarse y constituirse. Es la persona misma, en su reflexionar y en su actuar, quien da base a lo ético y a lo moral. Aquí, como en tantas otras cosas, Kant es el maestro. La Ética no puede partir, en principio (aunque luego sí las pueda incorporar) de consideraciones religiosas o teístas, sino del hombre y de la mujer como seres libres que piensan y actúan. Y la Ética será, de este modo, un desarrollo de las condiciones de posibilidad que permiten que todos seamos libres, actuemos y pensemos, respetando la libertad ajena y promoviendo la cooperación y el bien común. Y, para los creyentes, Dios sigue siendo fuerza, impulso sin igual para afrontar el gran desafío ético: vivir.